Momentos & Reflejos

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Por: Amy Hinman

Fotografíe el Festival Hispano por el segundo año consecutivo.

Me gusta tomar fotos. Me gusta sentir el peso de la cámara en mis manos; la manera en cual  el encuadro de una foto me ase parar y considerar el mundo. Me gusta como las cámaras pueden hacer que momentos que duraron  una fracción de un segundo permanezcan por mucho más tiempo de lo que deberían.

Los festivales están llenos de estos brillantes, corrientes momentos. Bailando en frente del vendedor de orejas de elefante. La sonrisa de un bebe mientras rebota, ajustada en la espalda de su papa mientras su mama baila la Cumbia. El momento en cual las nubes se partieron en frente de la cancha de futsal, convirtiendo el paso en un amarillo brillante de los rayos del sol. El primer mordisco de elote. En un mar lleno de momentos, encontré estos y los congele.

Lo que no pude capturar es como el Festival convirtió extraños en vecinos. Por tres días la Plaza Calder rebalsaba con personas de todos colores, de todos lugares. En vez de tratar de borrar esas diferencias, el Festival nos dio un espacio para celebrarlas, para compartir experiencias. Personas bailando, presionándose uno al otro en frente al escenario. Añadiendo la salsa verde a los tacos al pastor (con cebolla y cilantro). Inclinándose contra las tribunas, mirando a los niños jugando futsal.

Como una persona que no es Hispana o Latina, aprecie todo eso. Aprecie como, a pesar de que mi Español este lleno de huecos, mi familia sea Europea, y los tacos de mi juventud hayan sido hechos con carne molida y queso cheddar, estuve bienvenida al festival con más cortesía de lo que merezco de mis amigos, compañeros de trabajo, y personas Latinas que no conozco.

Y a pesar de todo lo que nos hace diferente, pudimos estar juntos como una comunidad multicolor y brillante, y pudimos disfrutar la experiencia del Festival unidos. Estamos permitidos entrar a una comunidad por un ratito, aunque no sea nuestra comunidad permanente. Estos momentos crean espejos que reflejan nuestra imagen de identidad por un momento, dejándonos a preguntar—mientras mascamos el elote, mientras bailamos—¿cuáles momentos en toda nuestra vida nos definirán? ¿Somos nuestro primer lenguaje, nuestras ciudades de nacimiento, nuestras preocupaciones, nuestros pasaportes, nuestra piel? ¿A cuales momentos, congelados, todavía persistentes, permitiremos formarnos?

En un segundo, un hombre apareció desde la masa de gente en el Festival.

“Soy de Brasil,” me explico, con sus brazos cruzados en su pecho. “¿Hay otros Brasileros en el Centro Hispano?”

“No,” le respondí, “Pero si habían Brasileros en el Centro en los años pasados. Tenemos gente de todas partes.”

“Oh,” me respondió con cara caída. “No más estoy buscando a mi gente.”

Asentí mi cabeza, y alcance mi cámara. Con mis dedos rizados alrededor de mi cámara, no me permití levantarla y tomar una foto de sus ojos, ahora melancólicos, con color de tierra caliente.

“¿Y tú? ¿De dónde eres?”

“¿Yo? Oh, yo solo soy blanca.”

Nos quedamos parados ahí por un momento, pensando y en silencio. Apreté mi cámara otra vez, con imágenes de mi pequeña abuela Polaca, con sus rollitos de repollos evaporados, pensando en las lecciones de Polaca que fallecí en la escuela primaria. Yo también estoy buscando a mi gente.

“Ah, pues quizás vendré por el Centro. De voluntario.”

“Claro,” le respondí. “Eso sería maravilloso.” El asintió la cabeza, y desapareció de vuelta a la masa de gente. Yo continúe tomando fotos.

Era una noche oscura y fría. La gente temblaba un poco en sus sudaderas, enlazando sus brazos, parándose cerca uno al otro. Las nubes se separaron y, en medio del enredo de luces, banderas, y La Grand Vitesse, alcanzamos ver las estrellas.